La luz se apaga. Los ojos se cierran y todo queda en silencio. Solo los pensamientos permanecen despiertos. Regresa una conversación de esa misma mañana, aparece la duda sobre una decisión tomada, resurgen una y otra vez las palabras que quedaron sin decir y comienza la anticipación de lo que podría ocurrir al día siguiente, mientras la búsqueda de una respuesta parece no tener fin.
El reloj marca las 2:17. Y, cuanto más se intenta dejar de pensar, más pensamientos aparecen. Es ahí cuando se pone en marcha una auténtica trampa mental: cuanto mayor es el esfuerzo por encontrar una solución, más se alimenta el propio problema. Una situación que resulta familiar para millones de personas.
Según la hipnoterapeuta clínica Carolina Cadierno, este es uno de los motivos de consulta más frecuentes. Personas inteligentes, responsables y perfeccionistas llegan convencidas de que su problema es «pensar demasiado», cuando en realidad permanecen atrapadas en un patrón de pensamiento repetitivo que alimenta la ansiedad, aumenta el estrés y, en muchos casos, termina robándoles el sueño. Más información sobre su trabajo y su enfoque terapéutico puede encontrarse en:
Pensar sobre los problemas constituye una capacidad extraordinaria del ser humano. Gracias a ella es posible analizar situaciones, aprender de los errores y planificar el futuro. Sin embargo, el problema aparece cuando esa búsqueda de soluciones deja paso a un pensamiento repetitivo que gira una y otra vez sobre la misma cuestión. La psicología denomina a este proceso rumiación, un fenómeno que consiste en repetir constantemente los mismos pensamientos, preguntas o preocupaciones sin avanzar hacia una respuesta real.
Lo que dice la ciencia
La psicóloga Susan Nolen-Hoeksema, una de las mayores investigadoras sobre la rumiación, demostró que las personas que permanecen atrapadas en este tipo de pensamiento repetitivo tardan más en recuperarse de los estados de ansiedad y depresión, presentan mayores niveles de malestar emocional y encuentran más dificultades para resolver los problemas que les preocupan. Su investigación, considerada una de las más importantes sobre este fenómeno, puede consultarse en Rethinking Rumination: pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/26158958/
En otras palabras, cuanto más se intenta resolver ciertos problemas únicamente pensando en ellos, menos recursos mentales quedan disponibles para encontrar una solución. Se crea así un círculo vicioso en el que el malestar lleva a pensar repetidamente sobre el problema y ese pensamiento repetitivo termina aumentando todavía más el propio malestar.
Investigaciones posteriores, como las del psicólogo Edward Watkins, han llegado a conclusiones similares: la rumiación consume atención, dificulta la flexibilidad mental y hace que la visión del problema sea cada vez más estrecha.
Es como si una linterna permaneciera enfocando siempre el mismo punto. Cada vez se observa con más detalle ese pequeño espacio, pero el resto del camino deja de verse.
¿Es posible salir de este bucle?
La buena noticia es que sí. La rumiación no forma parte de la personalidad de quien la experimenta. Nadie nace con una tendencia inevitable a dar vueltas a todo. Se trata de un patrón aprendido por el cerebro y, como ocurre con cualquier patrón aprendido, también puede modificarse.
El primer paso consiste en reconocer cuándo la búsqueda de soluciones deja paso a la rumiación. Es el momento en el que la mente deja de buscar respuestas y comienza a repetir las mismas preguntas sin encontrar ninguna solución.
Comprender este mecanismo ya supone un cambio importante. Sin embargo, comprenderlo no siempre basta.
Muchas personas entienden perfectamente por qué sienten ansiedad, por qué procrastinan o por qué les cuesta dormir. Han leído libros, han escuchado pódcast e incluso saben explicar el problema mejor que nadie. Sin embargo, continúan reaccionando exactamente igual.
¿A qué se debe? Muchos patrones emocionales y de comportamiento no funcionan a un nivel consciente. Funcionan de forma automática.
Cuando el problema está en el piloto automático
El cerebro humano está diseñado para automatizar todo aquello que repite con frecuencia. Gracias a ello resulta posible conducir, montar en bicicleta o escribir sin pensar conscientemente en cada movimiento. Sin embargo, ese mismo mecanismo también automatiza respuestas emocionales.
Una experiencia dolorosa, una creencia aprendida durante la infancia o una situación de estrés mantenida pueden convertirse, con el tiempo, en programas automáticos que se activan sin que la persona sea consciente de ello. En esos casos, la respuesta deja de ser consciente. Simplemente aparece de forma automática.
Es ahí donde muchas personas sienten frustración. Reconocen que determinados pensamientos no resultan útiles, pero perciben que su aparición escapa al control voluntario. Y esa percepción tiene fundamento.
Intentar cambiar un patrón automático utilizando únicamente la parte consciente de la mente es, en ocasiones, como tratar de modificar el rumbo de un barco actuando solo sobre la brújula mientras el timón sigue girando en otra dirección.
Trabajar donde realmente se mantiene el problema
Precisamente por eso, la hipnoterapeuta clínica Carolina Cadierno utiliza la Hipnoterapia Clínica y la Rapid Transformational Therapy (RTT) como herramientas para ayudar a las personas a identificar y modificar aquellos patrones inconscientes que mantienen su malestar.
Lejos de la imagen que muchas personas tienen de la hipnosis, la hipnoterapia clínica es un proceso terapéutico orientado a facilitar un estado de atención focalizada y relajación que favorece el acceso a recuerdos, creencias y asociaciones emocionales que normalmente permanecen fuera de la atención consciente.
Más información sobre este enfoque terapéutico puede encontrarse en el artículo «Cómo funcionan la hipnoterapia y la hipnosis»:
carolinacadierno.com/como-funcionan-la-hipnoterapia-y-la-hipnosis/
El objetivo no consiste en «borrar» recuerdos ni en controlar la mente. Consiste en comprender por qué el cerebro aprendió esa estrategia y favorecer su sustitución por otra más adaptativa.
Cuando se trabaja sobre la causa que mantiene un patrón, es posible experimentar cambios profundos en la forma de interpretar determinadas situaciones y de responder emocionalmente a ellas. La rapidez y el alcance del cambio pueden variar según la persona y el problema, pero el objetivo siempre es el mismo: favorecer transformaciones que puedan mantenerse en el tiempo porque el patrón que las sostenía ha cambiado.
