Cuando uno es demasiado blando y el otro demasiado rígido, cómo evitar la polarización en la crianza

Las diferencias sobre cómo educar a los hijos forman parte de muchas relaciones familiares. Una norma incumplida, una mala contestación, una nota baja o una hora de llegada pueden hacer visibles dos maneras distintas de entender la crianza. El problema surge cuando padres y madres dejan de afrontar juntos la situación y comienzan a reaccionar contra la postura del otro.

Según Elena Diéguez, especialista en Comunicación NoViolenta y gestión de conflictos, esta dinámica puede intensificar el conflicto hasta situar a cada miembro de la pareja en posiciones cada vez más extremas.

Cuando la pareja empieza a compensar al otro

En estas situaciones, uno de los miembros puede asumir principalmente la defensa de la norma, la responsabilidad y los límites, mientras el otro concentra sus esfuerzos en preservar la empatía, la comprensión y el vínculo. Ambas preocupaciones resultan relevantes, pero la dificultad aparece cuando comienzan a percibirse como incompatibles.

Las relaciones, al igual que otros sistemas, tienden a buscar cierto equilibrio. Ante una firmeza considerada excesiva, la otra persona puede aumentar su flexibilidad; ante lo que se interpreta como permisividad, la pareja puede endurecer todavía más su posición. Cuando una pareja no construye conscientemente el equilibrio, el sistema intenta fabricarlo de forma automática polarizando cada vez más a sus miembros. Así se genera un círculo en el que ambos terminan reforzando involuntariamente aquello que más les preocupa del comportamiento del otro.

La consecuencia es que las decisiones dejan de responder únicamente a las necesidades del hijo. También interviene la necesidad de compensar al otro: si una parte considera que faltan límites, incrementa la firmeza; si la otra percibe demasiada dureza, aumenta la protección.

Empatía sin sobreprotección y firmeza sin violencia

Desde la Comunicación NoViolenta, Elena Diéguez plantea superar etiquetas como «blando», «permisivo» o «rígido» para comprender qué intenta proteger cada posición. Detrás de una mayor flexibilidad pueden encontrarse necesidades de conexión, seguridad emocional, aceptación y protección del vínculo. Tras la firmeza pueden existir necesidades de estructura, responsabilidad, autonomía y respeto por los acuerdos.

Comprender una conducta tampoco significa justificarla. Es posible reconocer el enfado de un hijo y, al mismo tiempo, establecer que determinadas formas de expresarlo no son aceptables. Del mismo modo, poner límites con respeto no implica romper el vínculo ni ignorar las emociones.

La alternativa no consiste, por tanto, en buscar un punto intermedio entre rigidez y permisividad, sino en desarrollar capacidades más completas: empatía sin sobreprotección y firmeza sin violencia. Cuando ambos miembros pueden escuchar, establecer límites y acompañar la frustración, las diferencias dejan de utilizarse para corregirse mutuamente y pueden servir para ampliar la mirada sobre la crianza. El objetivo no es elegir entre vínculo y educación, sino integrar ambos para criar hijos que se sientan queridos y, al mismo tiempo, preparados para afrontar la vida.